A veces no sé qué escribir
A veces no sé qué escribir. Podría contar la historia de un hombre que, enfermo de sarampión, oyó hablar por primera vez de quien sería su esposa. Alguien le dijo que la Pipirina estaba tomando el fresco, allá por la esquina del Aguacate, en la calle cincuenta y ocho, que andaba mostrando pierna y que no tenía mal ver. Ya libre de sarampión, andando con su palomilla por el barrio alguien le anunció: “Áista, áista, ya salió la Pipirina a tomar el fresco”. Así que caminó un poco más para acecharla: la falda le hacía marea a sus rodillas, las piernas salían del umbral de la puerta, extendidas sobre la banqueta. Era la década de los cincuenta. No hablaron ese día. Lo hicieron después, en una de las bachatas armadas con cualquier pretexto en las casas. Bailaron toda la vida, siempre que hubo ocasión, de preferencia con marimba. El ex-enfermo de sarampión y la Pipirina, caminando por la Mérida de los años cincuenta. Podría escribir también sobre un viernes que no puedo olvidar. Eran las seis...