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A veces no sé qué escribir

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A veces no sé qué escribir. Podría contar la historia de un hombre que, enfermo de sarampión, oyó hablar por primera vez de quien sería su esposa. Alguien le dijo que la Pipirina estaba tomando el fresco, allá por la esquina del Aguacate, en la calle cincuenta y ocho, que andaba mostrando pierna y que no tenía mal ver. Ya libre de sarampión, andando con su palomilla por el barrio alguien le anunció: “Áista, áista, ya salió la Pipirina a tomar el fresco”. Así que caminó un poco más para acecharla: la falda le hacía marea a sus rodillas, las piernas salían del umbral de la puerta, extendidas sobre la banqueta. Era la década de los cincuenta. No hablaron ese día. Lo hicieron después, en una de las bachatas armadas con cualquier pretexto en las casas. Bailaron toda la vida, siempre que hubo ocasión, de preferencia con marimba. El ex-enfermo de sarampión y la Pipirina, caminando por la Mérida de los años cincuenta. Podría escribir también sobre un viernes que no puedo olvidar. Eran las seis...

Un fin de semana de 253 años

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Foto de Cole Stivers. I Es el 17 de mayo de 2157. Margie (11 años) y Tommy (13 años) son amigos. Él le cuenta que encontró en el ático de su casa un libro —un libro de verdad, de papel, con palabras de imprenta, muy distinto a los telelibros del siglo XXII a los que están habituados— sobre un tema muy extraño: la escuela. “¿De la escuela? ¿qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela”, increpa Margie. “Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años”, responde Tommy, altivo. “De cualquier modo, tenían maestro”, continúa Margie. “Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre”, añade él. “¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?”. Lo anterior sucede en “Cuánto se divertían”, cuento del escritor Isaac Asimov (1920-1992), publicado en diciembre de 1951 en un periódico infantil. En el relato, vemos el fastidio de Margie, a quien no le queda más remedio que entrar a la habitación contigua a su dormit...